martes, 2 de diciembre de 2014

Coordenadas.

La siguiente a la derecha, todo recto durante un par de minutos, cruzas el paso de zebra, en rojo o en verde, como prefieras y te tiras de cabeza.
Después ya es todo caída, no tiene pérdida.

Puedes llegar a tantos sitios y a ninguno a la vez que tampoco me hagas mucho caso en las indicaciones.
Que nunca me he orientado demasiado bien. Las veletas me han guiado en vendales a lugares que no he buscado, a sitios en los que no me esperaban, hacia gente que no esperaba encontrarme.

Se me han abierto muchas ventanas en noches sin estrellas. Y las puertas eran rejas cuando me he girado a mirar.
Pero ya sabes, tú siempre de cabeza. De cabeza y de corazón. Te lanzas y lo que surja.
Sin mirar atrás, tú hazme caso, que eso duele mucho. Ni te imaginas. 
De verdad, duele más que la caída. 

Luego, como supongo que intuyes, un golpe seco. Una luz cegadora. Una nada absoluta. Una inmensa oscuridad. 

Y después ahí estás, mirándote desde un espejo, con media sonrisa amaneciendo en la cornisa de tus labios, una bandera blanca en la mano izquierda, un 'hagamos las paces' brillándote en los ojos suplicantes. 

Y cómo vas a decirte que no, si al fin y al cabo a la única persona que vas a tener hasta dar el último aliento es a ti mismo. 

Bloody.

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