jueves, 9 de octubre de 2014

(sin título)

Pueden ponerme delante la palma de mi mano que es muy probable que me cueste reconocerla, casi tanto como cuando me veo en los reflejos de los escaparates. 
Por supuesto que me miro, lo hago por si un día digo 'por fin, ahí estoy'.

Esta mañana, medio dormida aún, me ha dado por leer la etiqueta del bote de café y en letra pequeñita advierten que por mucho que queramos no nos va a curar la soledad de las mañanas.
Ni la taza, por bonita que sea, el frío de amanecer contigo misma. 

Luego un semáforo en rojo, nadie mirando y el acelerador vibrando bajo mi mano.
No es que tenga prisa, es la costumbre de escapar.

Llego como siempre a sitios que conozco demasiado bien, donde me encuentro con gente que me conoce bien poco. Pero quién soy yo para callar.

Cualquier día caminando por la calle voy a mirar más allá de todo y descubrir el mundo. Cualquier día, de verdad, y agarrada de su mano.

Y lo mismo me dará por reír como una loca todas las penas. 

La gente habla, mucho, muy alto y muy mal.

En esto miro qué hora es y como siempre tarde, tarde y nunca nada que merezca la felicidad. 

'Mira cuánta gente, amor', le digo a veces, 'mira cuánta gente que no se ve'. Entonces me guiña un ojo y sonreímos. Porque no nos gusta hablar muy alto, ni mucho, ni mal.

Bloody.


2 comentarios:

  1. Tienes un talento natural que envidio hasta límites insospechados. Pero agradezco que exista gente como tú, que me ponga a prueba y me obligue a superarme cada día.

    De verdad, gran post. Si publicas libro algún día, me avisas.

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    1. Gracias! Has sido un aliento para mis dedos, como una bala que dispara al suelo para que mis letras no se queden quietas. El libro ni lo pienso, pero nunca digas nunca.

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